SENAFANTE. Bestiario Político nº1

1 – SENAFANTE.

 

“Paquidermo político de extraordinaria longevidad que cuando siente que ha llegado su hora, o se lo hacen saber, abandona la manada y dirige sus pasos al Senado”.

 

En las extensas y tranquilas sabanas democráticas destacan los conocidos como hábitats parlamentarios, lugares en los que los grandes animales políticos pastan, devoran a otros de menor tamaño e, incluso, se reproducen con éxito dentro del equilibrio democrático que vigila y controla la evolución de todas las especies que pueblan el ecosistema político.

En la cima de la pirámide ecológico-parlamentaria destaca una especie por encima de todas, el majestuoso e impresionante, tanto por tamaño como por su capacidad para estar en todas partes, Senafante.

Grande, independiente, imperturbable, poseedor y guardián de la suprema sabiduría política. Todo esfuerzo por abatirlo es una tarea hercúlea. Solo la enfermedad, un despiste, una concatenación de tuits penosos, o un extremadamente certero disparo con munición dotada de punta democrática puede acabar con este enorme animal político.

Usan su extraordinaria capacidad verbal, denominada trompa oratoria, para obtener cuanto necesitan y gustan de largos baños de multitud, que recogen con la trompa y lanzan sobre si mismos, refrescando su ego con enorme satisfacción y goce.

Avanzan en grupo, con el líder en cabeza y manteniendo a los más jóvenes en el centro, a salvo de los depredadores y de molestias que les impidan cumplir con sus tareas mamporreras, mientras van aprendiendo de sus mayores mediante el antiguo sistema didáctico del aprendizaje por imitación, con el sueño de ocupar algún día el primer puesto de la manada, una vez consigan alcanzar el tamaño y el conocimiento ancestral requerido.

Si las crías logran pasar todas las fases de crecimiento, la selección electoral les convertirá en grandes y fuertes adultos, que acabarán siendo respetados por todos. Este paquidermo político nace con el instinto natural de la supervivencia y su objetivo final es, sin duda, vencer a todo oponente y proclamarse líder de la manada, poderoso y omnisciente, con independencia de lo que pueda pensar el resto de la sabana democrática.

Los Senafantes son animales políticos extremadamente longevos y con un gran espíritu gregario, sobre todo con los que están por debajo en la pirámide del poder político.

Tienen una extraordinaria memoria, siendo capaces de recordar hasta el último de los agravios sufridos y el rostro de todos aquellos individuos que, en alguna ocasión, se opusieron a su lenta pero inexorable peregrinación hasta el santuario del poder del partido.

Se mueven con lentitud pero con seguridad, la misma que les otorga su enorme peso en la organización interna de la manada. Son plenamente sabedores de su capacidad para aplastar a cualquier animalillo de menor tamaño que habite en su ecosistema y de aguantar cualquier envestida o ataque de los otros grandes depredadores que habitan en la política, a los que despachan con un simple movimiento de vaivén de su gruesa piel, dura como la piedra, forjada tras años de combates políticos y de frotarse contra otros de su especie, en un ritual conocido como “yo te rasco la espalda y tú me rascas la mía”.

Transitan por el ecosistema político, de un lugar a otro de la sabana democrática, conociendo al dedillo los caminos, atajos, veredas asamblearias y abrevaderos de votos donde saciar su sed de victoria electoral por mayoría absoluta, fruto del conocimiento ancestral de los sabios de la manada, tras años y años transitando por los mismos pasillos y hemiciclos, pisando las mismas moquetas y aposentando sus gruesas e impenetrables nalgas en los mismos escaños y poltronas.

Protegen y defienden a sus crías con ahínco y cuando les sale de los más hondo de su alma paquidérmica, alguien les convence de ello, o se cansan de espantar moscones políticos, tertulianos, líderes de la oposición o presidentes de comunidades de vecinos, deciden dejar la primera línea de la manada y le pasan el testigo a otro paquidermo poseedor de las más altas distinciones y parabienes, pero no sin antes asegurar que su legado político perdurará por eones. Al fin y al cabo, nada debe perturbar el equilibrio de la pax política.

En ese instante, el Senado se convierte en una suerte de geriátrico de lujo para paquidermos de gran talla, donde pueden compartir experiencias, anécdotas y recuerdos de pasadas elecciones, con otros de su especie, intercambiar medicamentos y jugar a que siguen dirigiendo la manada, bajo la atenta mirada de sus cuidadores, los maravillosos habitantes del Congreso y los miembros de las ejecutivas de sus respectivas manadas políticas.