El Surtido Navideño

El Surtido Navideño

Mucha gente es de la opinión, yo entre ellos, que solo hay dos maneras de pasar las fiestas navideñas: bien o en familia. Dado que lo primero suele ser una misión imposible cuando además de tu propia familia tienes la política y algún hijo pequeño que disfruta, bendita inocencia, de las reuniones familiares con primos y demás parafernalia consanguínea, solo te queda pasarlo de la mejor manera posible.

Una de las actividades extra-navideñas que me hacen más llevadero el suplicio que va del montaje de árbol y el belén, hasta el desmontado final, pasando por las lucecitas epilépticas y los mantelitos, adornos y demás art decó en tonos rojos, verdes, plateados y dorados (los mismos colores que la falda escocesa de una drag queen), es jugar a mi particular versión del ajedrez navideño.

El tablero de juego viene siendo la bandeja, con el surtido de productos navideños comestibles, que todos los años compra mi santa esposa. Ese surtido que genera una expectación inigualable desde el mismo momento en que se adquiere y llega a casa. ¿Traerán los polvorones esos tan ricos del año pasado?, ¿tendremos suerte y este año vendrán dos unidades de las cosas que nos gustan?, ¿tocará solo una como en las fatídicas navidades del 2005?

A mi suegra le gustan los mazapanes recubiertos de piñones, lo cual es una prueba evidente de su gusto culinario, pero mejor así. Toda la familia lo sabe, al menos los adultos. Otra cosa son los niños, que devoran de todo o, en el peor de los casos, muerden y luego tiran el resto tras una ostensible expresión de “¡si esto es lo que comen los mayores no quiero crecer nunca!”

Pero volvamos al evento festivo deportivo que ameniza mis cenas de nochebuena. Desde que mi suegra entra en casa, tarda entre un milisegundo y la mitad de nada en llegar hasta la cocina con la excusa de “hum… que bien huele. ¿Qué estás cocinando?”

-¡Asado coño! ¡Cómo todos los años! –piensas tú para tus adentros.

Pero en realidad es una maniobra para controlar la bandeja de surtidos navideños. Como si se tratara de un Terminator, escanea la bandeja a distancia hasta que detecta los mazapanes con piñones. Este año la he visto dar un respingo. Yo estaba sobre aviso porque sabía que este año solo venían dos unidades en lugar de las tres de siempre. Tras el escaneado alimentario, la bru…, digo mi mamá política me ha lanzado una mirada como diciendo “¿te has comido el que falta?”. Como si mi único objetivo en la vida fuera fastidiarle a ella la…. Oh, espera….

Bueno, a lo que iba. Tras el mal momento provocado al descubrir que este año solo hay dos de sus manjares favoritos, detecta que hay igualmente dos unidades de hojaldrados, mi producto navideño preferido. Entonces ella frunce el entrecejo y comienza la partida.

Mientras se monta el tumulto en la cocina para ir poniendo la mesa, mi oponente espera el momento oportuno y se dedica a manipular la bandeja de surtido navideño. Cree que no la observan, pero yo veo como esconde los mazapanes con piñones bajo los polvorones de limón. “¡Qué astuta es la vieja!. Los esconde bajo los productos que nadie come, salvo que no quede otra cosa, y a veces ni eso!”

Yo carraspeo con cierta sorna, tras situarme sigilosamente a su espalda. Ella se agita nerviosa y se gira con el rostro demudado. “Los estoy ordenando, para que no se caigan al llevarlos luego al salón”, me dice mintiendo con la profesionalidad de un vendedor de preferentes. “Tranquila” le contesto, “si se cae algo, lo cogerá chispitas”

¡Toma!, esa no se la esperaba, chispitas es el perro familiar y suele comer todo lo que encuentra, sin duda es un miembro más de la familia… de mi mujer claro.

Arrinconada, sale de la cocina con dirección al salón, momento que aprovecho para poner los mazapanes en primera línea. Nadie los va a comer, pero ella sufre igualmente ante la tesitura de que alguno de sus vástagos cambie de opinión. Luego llevo la bandeja al salón y ofrezco ceremoniosamente su contenido a mis invitados. Puedo notar como una gota de sudor corre por la sien de mi suegra cuando ve los mazapanes encima de los polvorones, y al acercarme a su hermana, la tía de mi mujer que este año cenaba con nosotros, veo como agarra con fuerza el brazo del sillón, clavando inmisericorde sus uñas. Como era de esperar, la tía ha decidido que un mazapán con piñones es la mejor elección en ese momento de la noche. Uno menos, ¡jaque!

Pero la jodía reacciona con rapidez y contraataca. Cuando acerco la bandeja a una de sus hijas suelta con su melodiosa voz pulida tras décadas de tratamiento con anís del mono: “los hojaldrados están buenísimos, coge uno hija”. Y la otra le hace caso. “¡Qué gran oponente es la vieja!”.

La partida llega a su punto álgido tras la cena. Con las copitas de cava el surtido navideño ocupa el centro de la mesa, y entonces llega el momento de jugar fuerte. Observas al depredador como vigila la bandeja, con su mirada fija en su objetivo. El truco consiste en observar sus micro expresiones, imperceptibles para la mayoría, pero no para un profesional como yo. En cuanto levanta ligeramente sus hombros y respira con profundidad es el momento. Para despistar al enemigo mira hacia la televisión por unos instantes, pero es una maniobra de distracción, inmediatamente se gira y estira el brazo para hacerse con su botín. ¡Pero yo la estoy esperando!

En cuanto gira la cabeza un instante yo me abalanzo sobre la bandeja, la cojo y, con delicadeza, se la ofrezco a la tía, que encantada por mis atenciones agarra con firmeza el mazapán con piñones. Luego, miro a mi suegra firmemente a los ojos y cojo el hojaldrado que queda antes de devolver la bandeja de surtido navideño al centro de la mesa. ¡Jaque Mate!

Me siento, abro con lentitud y deleite el envoltorio de mi hojaldrado y siento una mirada penetrando mi cerebro. Levanto lentamente la cabeza, temeroso, sintiendo la enorme perturbación en la fuerza. Como sospechaba, mi hija de siete años, la carne de mi carne, me mira con cara de decepción y habla… con esa vocecita… “¿te lo vas a comer?”

La abuela de la criatura sonríe con deleite, ¡ha conseguido tablas!. Le dono el hojaldrado a mi niñita y me parece oírla decir mientras mastica “¡jaque mate!”, pero no estoy seguro porque al mismo tiempo mi mujer, que pasaba por mi lado, me ha soltado una colleja.