Alquimia. Luces y sombras

La alquimia occidental data del siglo II DC, con orígenes en el Egipto helénico, donde se desarrolló un elevado conocimiento de la metalurgia, trabajando con aleaciones de plata y cobre, aleaciones con características muy similares al oro.

Se piensa que la palabra alquimia tiene origen egipcio, derivando del término “chemia” o “gemia”, aunque también hay referencias a un origen terminológico griego, donde existe la palabra “chyma” que significaría fundir o vaciar metales y que habría arraigado en el árabe como “al kimia” o “al kimiya”.

Los conocimientos alquímicos  pasaron de los egipcios y los griegos a los árabes, los cuales los trajeron a Europa, primero por Bizancio y luego por la península Ibérica. De hecho antiguos textos alquímicos de origen griego han llegado hasta nuestros días gracias a sus traducciones al árabe.

La esencia de la alquimia es simple, se pensaba que toda materia estaba compuesta por los cuatro elementos esenciales, fuego, aire, agua y tierra, y cambiando la proporción de estos cuatro elementos se podía transmutar un material en otro. Para ello se sometían los metales a tratamientos físico-químicos como el calor, la destilación etc.

Para algunos alquimistas su arte implicaba el conocimiento necesario para la transmutación de todo cuanto existe, tanto a nivel físico como espiritual, aunque fueron muchos, sobre todo desde la edad media, los que se centraron en la obtención de oro a partir de metales básicos.

La alquimia goza desde tiempos modernos de una mala imagen al ser percibida como la actividad de un puñado de lunáticos y soñadores que persiguen el gran sueño, la piedra filosofal o la panacea universal, pero nada más lejos de la realidad.

mutus05-051Lo cierto es que la química moderna y buena parte de la ciencia oficial de la que disfrutamos hoy en día tienen su origen en la alquimia, o al menos esa es la opinión generalizada entre los especialistas. En aquellos tiempos, en los que la ciencia oficial o sistematizada no existía, el hombre ávido de conocimientos experimentaba en todos aquellos campos de su interés, y en aquellos que podían traer respuestas a sus inquietudes y necesidades. En ese camino, largo y lleno de obstáculos, y en ocasiones lleno de peligros por la cerrazón de los poderes religiosos y la necesidad de los poderosos por controlarlo todo y a todos, se fueron dando los primeros pasos en la creación de la ciencia y la investigación científica.

Por otro lado, el camino que recorrieron aquellos antiguos alquimistas no era un camino caprichoso, poseía un poso evidente de racionalidad, ya que valoraban los conocimientos metalúrgicos y consideraban que elementos de similares características (por ejemplo, el mercurio tiene de peso atómico 80 el oro 79, y el plomo 82) eran los más fáciles de transmutar. En este sentido la ciencia posterior vino a demostrar que los alquimistas intuían algo, y así tenemos a Rutherfort, quien en 1919 bombardeaba nitrógeno con helio, convirtiéndolo en oxígeno e hidrógeno, consiguiendo la transmutación de una sustancia en otras.

ALKIMIA8-e1353841861614Otros autores, sin embargo, ven a la alquimia como un arte unitario con características de una tradición, y que iría más allá de una mera precursora de la química moderna, haciendo hincapié en lo que se viene denominando la alquimia espiritual, que busca la transmutación del individuo, de su espíritu, del mismo modo que se persigue la transmutación de los metales en oro, o cualquier otra materia. Las enormes similitudes en las prácticas y conocimientos alquímicos en diferentes culturas y civilizaciones, les lleva a pensar en un conocimiento más profundo, que iría más allá de las propias prácticas metalúrgicas, llegándose a hablar del inconsciente colectivo, reflejado tanto en las imágenes alquímicas como en sus relatos. Algunos, incluso, han llegado a afirmar que la alquimia sería el residuo de un conocimiento obra de una civilización desaparecida.

Pero los datos objetivos que manejamos, nos dicen que el camino del conocimiento alquímico lo recorrieron de un modo u otro multitud de personas, entre las que podemos encontrar a insignes personajes de la ciencia, con páginas propias en la historia humanidad, como Leonardo da Vinci, Benjamín Franklin y Sir Isaac Newton que fueron alquimistas no porque buscaran la piedra filosofal, sino por la búsqueda del conocimiento o Roger Bacon con su publicación Espejo de la Alquimia, y el insigne Paracelso.

Cuando el esfuerzo de tantos pioneros empezó a dar sus frutos, la ciencia empieza a tener entidad propia y se produce la transformación, la alquimia se convierte en el origen de la química que conocemos y solo unos pocos iluminados y, no lo descartemos, algunos estafadores mantuvieron viva la búsqueda de la panacea universal.

En este último caso, tenemos a John Dee, alquimista británico que trabajó para la reina Isabel de Inglaterra y posteriormente para el emperador Rodolfo II de Habsburgo que le nombró alquimista real, cuando consiguió la transmutación de mercurio en oro ante miembros de la corte y presumiblemente del propio emperador.

Cualquier mente racional dudaría de esta información, pero yo creo que la información es veraz, no por la candidez del cronista, sino por la posible recreación del fenómeno ante un auditorio “creyente”. Me explico, si dentro de dos siglos alguien leyera un articulo de prensa en el que se describe como David Copperfield voló ante miles de espectadores por si mismo o que atravesó la muralla china, sin duda los lectores del futuro se morirían de la risa sabiendo que aquello no es posible, o considerarían la información como un bulo o como las creencias de una sociedad retrasada.

Pero lo cierto es que David Copperfield hizo esas proezas. O mejor dicho, “escenificó” su vuelo o su tránsito a través de la muralla. Son trucos espectaculares y Copperfield es un mago-artista, pero no un mago con superpoderes como podría pensar algún genio del futuro.

Por tanto, asumo que cuando Dee, o cualquier otro, transmutó el mercurio en oro, al igual que Copperfield, realizó una escenificación más o menos compleja, que llevó a sus intrigados y creyentes observadores a asumir que estaban asistiendo a un hecho magnífico y verdadero.

220px-Alchemical_Laboratory_-_Project_Gutenberg_eText_14218Mi teoría es la siguiente, el mercurio alcanza la temperatura de ebullición, esto es cuando se convierte en gas, a los 357º centígrados, mientras que el oro pasa de sólido a semilíquido, lo que entendemos como oro fundido, a los 1.064º centígrados. Dee debía tener el atanor donde realizaría la reacción, preparado con una conveniente capa de oro previamente fundido y luego solidificado en las paredes del recipiente, cubierto de carbón vegetal o algún residuo propio de la combustión de materiales. Comenzaría su actuación vertiendo el mercurio en el atanor y procedería a calentarlo. Durante el proceso añadiría los polvos o los fragmentos de su piedra filosofal y esperaría. Al alcanzar los 357º el mercurio comenzaría a evaporarse, y para cuando se alcanzaran los 1.064º ya no quedaría rastro de dicho metal y el oro empezaría a fundirse y situarse en el fondo del atanor. Pasado un tiempo, el alquimista apagaría el fuego y vertería el contenido del atanor, oro puro, en un recipiente ante los ojos de los sorprendidos y alegres espectadores.

Otra de las cuestiones que me llama la atención es lo habitual que resulta escuchar como muchos de estos alquimistas tenían un comportamiento irracional o como mínimo extraño, y la respuesta puede encontrarse en los síntomas del envenenamiento por mercurio, que debían de sufrir tras años inhalando los gases de mercurio.

En suma, no debemos estigmatizar a la alquimia por este puñado de destiladores, pensemos en cuanto aportaron muchos otros a la ciencia moderna.

 

Fuentes: Magia y Hechicería. Nevil Drury. Blume 2005.

Tratado de Alquimia. R. Benito Vidal. Biblioteca DM 1995.

Alquimia. Significado e imagen del mundo. Titus Burckhardt. Paidós 1994.

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